Internacionales - 21.03.2017

La hora de redefinir el género

Hoy los factores que componen lo «masculino» y «femenino» no siempre se conjugan con nitidez.
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El debate en curso se articula en torno a la evolución de los conceptos de hombre o mujer.
El debate en curso se articula en torno a la evolución de los conceptos de hombre o mujer.
Siempre se ha sentido más chico que chica. Desde su más tierna infancia, E (como prefiere que nos refiramos a ella en este reportaje) odia los vestidos y es una apasionada del baloncesto, el skateboard y los videojuegos. Cuando nos conocimos el pasado mes de mayo en su instituto de Nueva York, en la exhibición de fin de curso de su clase de oratoria, E vestía un entallado traje mas­culino de Brooks Brothers y una de las muchas pajaritas que componen su amplia colección. Con aquel pelo rojo cortísimo, el cutis blanco como la nieve y facciones delicadas, a sus 14 años parecía un Peter Pan terrenal vestido de gala.

Unas horas más tarde, E buscaba la etiqueta adecuada para definir su identidad de género. «Transgénero» no acababa de cuadrar, me explicó. Para empezar, seguía haciéndose llamar por el nombre que le dieron al nacer y prefiriendo que le asignasen el pronombre «ella». Y mientras que otros chicos y chicas trans suelen contar que siempre han tenido la sensación de haber nacido en un cuerpo «equivocado», ella sostiene: «Yo creo que simplemente tengo que modificar algunas cosas del [cuerpo] que ya tengo para llegar a sentir que es el que necesito».

Se refería a un cuerpo sin menstruación ni mamas, de rasgos faciales más marcados y «barba pelirroja». ¿Quiere esto decir que E es un chico trans? ¿Una chica «terriblemente andrógina», según sus propias palabras? ¿O simplemente una persona que rechaza de plano la casuística de los roles de género tradicionales?

Si E se cuestiona su propia identidad de género en vez de limitarse a creer que sus aficiones y preferencias indumentarias son las propias de «una niña chicazo», es porque en estos tiempos el debate sobre el transgenerismo está sobre la mesa en muchos países. Un debate que ha dado voz a personas como E y que ha permitido cuantificar mejor el fenómeno: concretamente en Estados Unidos, en apenas 10 años se ha duplicado el número de adultos que figuran oficialmente como transgénero en las encuestas nacionales, ha aumentado la cifra de personas que declaran disconformidad de género –una amplia categoría que hace una generación ni siquiera tenía nombre– y hay más escolares de primaria que se plantean a qué género pertenecen. También existe cada vez mayor conciencia de cuán expuestas se hallan todas esas personas al acoso escolar, la agresión sexual y el intento de suicidio.

El debate en curso se articula en torno a la evolución de los conceptos de hombre o mujer, y de los significados de palabras como transgénero, cisgénero, de género no binario, queergénero, agénero o cualquiera de los más de 50 términos que Facebook pone a disposición de sus usuarios estadounidenses a la hora de crearse un perfil. Al mismo tiempo, los científicos descubren cada día que la definición biológica de sexo es más compleja de lo que creían.

Muchos de nosotros aprendimos en clase de biología que los cromosomas sexuales determinan el sexo de un bebé: XX indica que es niña; XY indica que es niño. No hay más. Solo que a veces sí hay realidades más allá de XX y XY.

Hoy sabemos que los diversos factores que componen lo que consideramos «masculino» y «femenino» no siempre se conjugan con nitidez: por un lado está todo cuanto comportan los cromosomas XX (ovarios, vagina, estrógenos, identidad de género femenina y conducta femenina); por otro, todo cuanto comportan los cromosomas XY (testículos, pene, testosterona, identidad de género masculina y conducta masculina). Pero es posible ser XX y esencialmente masculino en cuanto a anatomía, fisiología y psicología, de igual modo que es posible ser XY y esencialmente femenina.

El desarrollo de los embriones y el sexo
Al inicio de su desarrollo todos los embriones tienen un par de órganos primitivos, las protogónadas, que llegarán a ser gónadas masculinas o femeninas entre las seis y las ocho semanas. La diferenciación sexual suele ponerse en marcha por un gen del cromosoma Y, el gen SRY, gracias al cual las protogónadas se transforman en testículos. Estos segregan enseguida testosterona y otras hormonas masculinas (llamadas andrógenos en su conjunto), y el feto desarrolla una próstata, un escroto y un pene. En ausencia del gen SRY, las protogónadas se convierten en ovarios que segregan estrógenos, y el feto desarrolla una anatomía femenina (con útero, vagina y clítoris).

Pero el gen SRY no siempre actúa de forma previsible. A veces puede faltar o ser disfuncional, lo que se traduce en un embrión XY que no logra desarrollar una anatomía masculina y por ende se identifica como una niña al nacer. Otras veces el gen puede aparecer en el cromosoma X, con lo cual el embrión XX desarrollará una anatomía masculina y el sexo de asignación del individuo tras el parto será niño.

Más información y fuente: http://www.nationalgeographic.com.es
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