Internacionales - 29.08.2017

Ser indígena y LGBT en Honduras

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Ser indígena y LGBT en Honduras
Gaspar Sánchez se convirtió en activista por los derechos humanos junto a Berta Cáceres, la líder social hondureña asesinada en 2016. Ella lo animó a vivir con libertad su orientación sexual. A los 24 años, Gaspar hace ondear la bandera del arco iris y la Wiphala de los pueblos originarios. Es uno de los jóvenes lencas que mantiene vivo el legado: la lucha por el ambiente, la identidad indígena y la diversidad sexual.

A los 7 años de edad, Gaspar Sánchez se dio cuenta que no encajaba en la sociedad heteropatriarcal en la que había nacido. Entonces era un niño Lenca, de los pueblos indígenas más postergados de Honduras, y vivía en condiciones de pobreza en La Esperanza, un pueblo a 191 kilómetros de la capital, Tegucigalpa. “Desde los 7 años lo supe, supe que me gustaban las personas de mi mismo sexo, pero no lo dije”. Su rebeldía fue decidir que no quería ir más a la escuela. Tenía 10 años cuando Berta Cáceres, la líder social asesinada el 3 de marzo de 2016, se convirtió en su segunda madre. Ella lo sumergió en la escuela del activismo por los Derechos Humanos. Así Gaspar llegó al Copinh (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras), que lucha, entre otras cosas, por la defensa del ambiente y el rescate de la cultura Lenca.

Al Copinh lo fundó Berta Cáceres en 1993. Fue ahí donde Gaspar aprendió a luchar no solamente por defender sus ríos sino contra el racismo y la homofobia. Porque el Copinh se define antipatriarcal y antirracista. Para ganarse la vida, Gaspar vendía donas en la calle y por la tarde iba a la organización. “Cuando uno está pequeño no puede decidir por uno mismo. Así que cuando cumplí 18 años me liberé. Comencé a pintarme el pelo, a vestirme como me gusta y muchos compañeros me decían que no lo podían creer. Pero Berta me dijo que no me diera pena y me animó”, cuenta Gaspar hoy, a los 24.
El hogar de Gaspar, donde apenas pasa tiempo, está ubicado en un terreno que fue recuperado por indígenas hace 10 años. Mientras camina en una oscurísima calle del barrio Buenos Aires en La Esperanza, Gaspar recuerda que cuando era niño todo eso antes era solo un montarral, que no tenían energía ni agua potable. Un lugar inaccesible donde crecieron él y sus siete hermanos.

“Cuando yo le dije a mi mamá “soy gay”, ella se preocupó por lo que la gente iba a decir. Pero yo le dije a ella que eso no importaba, que yo así era y que no era el primero ni el último que salía con eso”, relata.
Su madre, dice él, sufrió mucho, parió 14 hijos y de ellos murieron 6 de enfermedades que no pudo nunca diagnosticar por no tener acceso a un hospital en la aldea donde vivía. Gaspar es el menor de todos, el único que vive en casa aun.

Durante dos años uno de sus hermanos mayores no le habló. “Olvídate que sos mi hermano si sos así”, le dijo, hasta que entendió que debía aceptarlo.
El qué dirán se tradujo en violencia. En su frente, Gaspar carga una cicatriz por un golpe propiciado por un vecino que lo comenzó a acosar después que él cuestionara la forma en la que administraban el poder en la comunidad. Al verse amenazado, el hombre lo atacó por su orientación sexual hasta que llegó a una agresión extrema, un golpe que le rajó la frente.

Gaspar lo denunció ante la Policía y el Ministerio Público. Así como ha denunciado a policías ante la Fiscalía de Derechos Humanos y Etnias por no dejarlo acceder a visitar compañeros presos, solo por andar cabello largo y ropa ajustada. No le da miedo, sabe que es su derecho denunciar y no ser discriminado.
En 2012 Gaspar comenzó a trabajar en la radio La voz Lenca, una radio comunitaria que la organización utiliza para contar las realidades de este pueblo indígena que apenas llega a 600 mil habitantes en Honduras.

Un pueblo empobrecido que vive en un territorio rico, pero en manos de unos pocos.
Gaspar cuenta que cuando decidió expresar su orientación sexual, en la organización encontró un espacio donde desarrollarse, aprender y ser escuchado. Ahora es parte de la coordinación general y se encarga de asuntos de la diversidad sexual.
Todo eso lo aprendió en el Copinh, además de la defensa de los bienes naturales, la lucha por la que mataron a Berta en la resistencia contra un proyecto hidroeléctrico instalado en un río sagrado de los Lencas. “Cuando mataron a la compa no podíamos asimilarlo, ahora seguimos esta lucha porque con matar a Berta creían que acabarían con el Copinh, pero no fue así”, dice Gaspar.

Hoy, en su programa radial La voz de wiphalá, habla sobre derechos humanos, sobre la discriminación doble que viven los indígenas que también son LGTBI y por ello cargan doble estigma, y busca organizar una comunidad en ese pequeño pueblo, aun machista.
“Le pusimos La voz de wiphalá porque la bandera de los pueblos indígenas es multicolor como nuestra bandera LGTBI, porque así somos, diversos”, explica Gaspar quien hace flamear ambas banderas no solamente en Honduras, sino en varios países de Latinoamérica o Abya Ayala, como él dice. En octubre de 2017, saldrá de gira por varias ciudades de Estados Unidos, para hablar sobre diversidad sexual y pueblos indígenas.

“No hay espacio para celebrar el orgullo, exigimos que no nos maten”
“Es triste saber que estamos tan atrasados, que vivimos en un país donde cuando hacemos las movilizaciones del orgullo gay lo que exigimos es que no nos maten. No hay espacio para celebrar lo que somos. Una vez estuve en el desfile del Orgullo en Cuba y fue tan bonito, un espacio para demostrar el amor, presentar las parejas, liberarse. En Honduras pedimos que respeten nuestros derechos porque eso es lo que pasa, vivimos mucha discriminación”, cuenta.

Honduras es uno de los países más violentos del mundo. Después de un golpe de Estado, en 2009 la tasa de homicidios subió a 90 por cada 100 mil habitantes. En su “Informe sobre muertes violentas de la comunidad LGTTBI 2017”, la organización lésbica Cattrachas denuncia que entre 1994 y 2017 se registraron en Honduras 153 muertes violentas contra personas, casos de los cuales solamente 54 han sido judicializados.

“Un mundo donde quepamos todos”
La utopía de Gaspar es organizar una comunidad de banderas multicolores en La Esperanza, por eso al llegar de sus giras de acompañamiento a comunidades Lencas en resistencia visita a Candy, una chica trans muy alegre que vivió toda su infancia y adolescencia trabajando como campesina con su padre. Cuando hizo la transición decidió emprender su propio negocio, un salón de belleza.

Allí Gaspar ha invitado a varios chicos y chicas a reunirse para hablar de derechos humanos, de la posibilidad de organizarse. Apenas llegan dos. Gaspar cuenta sobre sus denuncias, explica que la discriminación no es normal y que juntos pueden enfrentarla. Candy quiere hacerlo, aunque dice que la piel se le volvió gruesa de tanto acoso, ya no le hace daño. Pero Gaspar sueña con tener un espacio igualitario.

“Mi utopía es que vivamos en un mundo donde todos y todas quepamos, eso quiero”, dice Gaspar mientras alista su mochila para partir de nuevo y seguir luchando con sus banderas multicolor. Las que hablan de la energía vital de los pueblos indígenas, conectada a la Madre Tierra y también de la diversidad como algo tan natural.


Fuente: avispa.org
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