Internacionales - 12.09.2017

La isla del fin del mundo

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En 1881, al contemplar este paisaje, John Muir, el primer visitante que describió al mundo la isla Wrangel, lo hizo de forma lírica, refiriéndose a ella como «un grandioso espacio natural de frescor virgen, profundamente solitario».

En la actualidad la isla Wrangel es una de las reservas naturales más restringidas y menos frecuentadas del planeta, un lugar cuya visita exige varios permisos gubernamentales y al que solo se puede acceder en helicóptero durante el invierno o con un rompehielos en verano. Junto al atracadero de la cala Rodgers espera Anatoli Rodiónov, un fornido guarda forestal ruso con uniforme militar, que lleva una pistola lanzabengalas y un repelente de pimienta a prueba de osos. Vive allí durante todo el año prácticamente aislado, con unos cuantos colegas y una población de hambrientos osos polares.

Rodiónov muestra una playa de grava repleta de huesos de ballena y de morsa hasta Ushakóvskoye, un pequeño pueblo fantasma de la era soviética. Por todas partes hay barriles oxidados amontonados. Las cabañas, deterioradas por la intemperie y muchas de ellas saqueadas para obtener leña, están construidas sobre una turba porosa de líquenes y musgo. Hay múltiples antenas de radar cayéndose a pedazos, y los cables que en otro tiempo sujetaban la torre de comunicaciones ahora silban al compás del viento intenso. Las ventanas de una sauna rusa están rodeadas de barrotes y protegidas con largos clavos para mantener alejados a los osos.

La isla Wrangel fue declarada zapovednik (santuario natural gestionado por el Gobierno de la Federación Rusa) en 1976, y continúa siendo una de las áreas naturales protegidas más remotas y gélidas del país. Podría decirse que esta isla de 7.510 kilómetros cuadrados situada sobre el meridiano 180 es el equivalente septentrional de las islas Galápagos, ya que a pesar de la dureza del clima, o gracias a él, alberga una increíble variedad de flora y fauna. Es el mayor terreno de cría del oso polar (se sabe que hasta 400 hembras acuden a Wrangel en invierno para criar a sus cachorros). Debido a la inestabilidad del hielo marino causada por el cambio climático, estos últimos años muchos osos polares han buscado refugio en la isla también en verano. Además, Wrangel acoge la mayor población del mundo de morsas del Pacífico y la única colonia de nidificación del ánsar nival que existe en el continente asiático. Asimismo, alberga búhos nivales, bueyes almizcleros, zorros árticos, renos, e inmensas poblaciones de lemmings y aves marinas. Y lo mejor de todo es que, a diferencia de lo que ocurre en la Siberia continental, aquí no hay mosquitos.

Desde tiempos remotos la isla ha estado situada en lo que podríamos llamar la frontera del hielo. Dado que nunca estuvo completamente cubierta de hielo durante las últimas glaciaciones, ni quedó del todo inundada por el mar en los períodos de retroceso de los glaciares, los suelos y las plantas de sus valles interiores ofrecen un atisbo único en el planeta de cómo podría haber sido la tundra en el pleistoceno. «Cuando vas a Wrangel –dice Mijaíl Stishov, científico del WWF radicado en Moscú que vivió 18 años en la isla–, retrocedes cientos de miles de años. Su biodiversidad es muy antigua, y muy frágil.»

Los paleontólogos creen que Wrangel es también el último territorio donde vivió el mamut lanudo. Una subespecie enana de este animal prosperó allí hasta 1700 a.C., más de 6.000 años después de que las poblaciones de mamuts se extinguieran en otras zonas. Sus curvados colmillos se pueden encontrar por toda la isla, en las playas de guijarros, en los lechos de los ríos, incluso apoyados contra las cabañas de los guardabosques como trofeos de otra época. «Cuando se estaban construyendo las pirámides de Egipto, en Wrangel había elefantes –dice Alexander Gruzdev, el director de la reserva–. Su proximidad, y su aislamiento, respecto a los patrones continentales de Asia y América del Norte han creado una estructura natural única. No hay otro lugar como este en el mundo.»

Los animales árticos han prosperado en Wrangel desde hace mucho tiempo, pero no puede decirse lo mismo de los humanos. Situada a 140 kilómetros de la costa nordeste de Siberia, la isla fue durante siglos poco más que un espejismo, un sueño, un rumor; tal vez fuera una isla, o un continente, o un acceso mágico al Polo. Durante buena parte del siglo XIX la «Tierra de Wrangell» fue una suerte de «Última Thule», un lugar hipotético más allá de las fronteras del mundo conocido. Antes de que se probara su existencia, la isla tuvo otros nombres: Tierra de Tikeguén, isla Plover, Tierra de Kellett. Wrangel intrigaba a los cartógrafos, algunos llegaron a suponer que se trataba de una extensión de Groenlandia que atravesaba el Polo.

Durante el siglo XIX y principios del XX casi todas las expediciones que se aproximaron a Wrangel acabaron en fracaso. A principios de la década de 1820, unos cazadores chukchi de la costa nordeste de Siberia le hablaron al explorador ruso Ferdinand von Wrangel de la existencia de una tierra hacia el norte que a veces era visible si las condiciones atmosféricas lo permitían. Wrangel zarpó en busca de esa tierra mítica, pero el hielo le impidió llegar a divisarla. Casi 30 años después, el capitán de un barco inglés que iba en busca de la expedición de sir John Franklin creyó entrever una gran isla ártica en la distancia. Más adelante, varios capitanes balleneros insistieron en que la habían vislumbrado, aunque sus declaraciones fueron cuestionadas, ya que el Ártico es célebre por sus fatamorganas y demás espejismos.

Una expedición estadounidense emprendida en 1879 pasó lo bastante cerca de Wrangel como para que su capitán, George Washington De Long, determinara que no se trataba de un continente polar. Pero De Long no llegó a desembarcar en Wrangel; su navío, el U.S.S. Jeanette, quedó atrapado en el hielo durante casi dos años, hasta que finalmente se hundió a unos 1.290 kilómetros al noroeste de la isla.

No fue hasta agosto de 1881 cuando una expedición estadounidense a bordo del vapor Thomas L. Corwin que iba en busca del desaparecido Jeanette puso pie en Wrangel y pudo probar su existencia. El equipo de búsqueda, en el que se encontraba el joven Muir, izó la bandera estadounidense y declaró Wrangel como nueva po­­sesión del país en nombre de su presidente.

La expedición del Corwin llamó a la isla Nueva Columbia, pero el nombre nunca cuajó. Ese mismo año Muir publicó la primera descripción de Wrangel en un periódico de San Francisco, dentro de una serie de artículos que se convertirían en una humorística crónica de viajes llamada The Cruise of the Corwin. Aunque Muir consideraba Wrangel una «importante incorporación […] al dominio nacional», sostenía que no podría ser bien conocida «hasta que se dieran cambios considerables en el clima polar».

La isla permaneció en un aislamiento casi total durante más de 30 años. Luego hubo una sucesión de expediciones condenadas al fracaso, empezando por la Expedición Ártica Canadiense de 1913, cuyos supervivientes se vieron obligados a abandonar su bergantín, el Karluk, que había quedado aplastado por el hielo, y efectuar una ardua caminata de 130 kilómetros sobre el hielo marino para buscar refugio en Wrangel. Cuando fueron rescatados ocho meses después, 11 de los 25 hombres habían muerto. En 1921, otro intento canadiense de colonizar Wrangel y reclamar su soberanía para la madre patria británica acabó en otras cuatro muertes.

En 1926 los soviéticos quisieron extender su dominio sobre Wrangel, por lo que trasladaron a la fuerza a familias chukchi de Siberia. Una reducida colonia subsistió hasta la década de 1970, cuando los descendientes de los colonos originales fueron repatriados al continente tras la declaración de la isla como santuario natural.
No se conocen reservas de petróleo importantes en la zona, y si las hubiera, el hecho de que la isla esté rodeada de hielo durante casi todo el año haría que su extracción fuese extremadamente difícil y costosa. Así pues, gracias a su falta de recursos explotables, Wrangel ha permanecido en paz.


El cambio climático y el fin de la Guerra Fría la han hecho más accesible, y el Ministerio de Recursos Naturales y Medio Ambiente ruso ha revelado sus planes para desarrollar ecoturismo en el lugar, aunque aún no se sabe cuándo. En el futuro más inmediato, Wrangel seguirá siendo un laboratorio natural para los animales árticos y para los humanos que los estudian. Los científicos que acuden al lugar afirman que hay algo particularmente inolvidable y magnífico en este paisaje del pleistoceno oculto en la punta del globo. «Uno se siente como si hubiese llegado al final de la Tierra», cuenta Daniel Fisher, paleontólogo especialista en mamuts de la Universidad de Michigan.

Fuente: National Geografic.
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