Internacionales - 07.11.2017

100 años de la Revolución Rusa

Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en Google Plus Compartir en WhatsApp
100 años de la Revolución Rusa
Caminando por la calle Lesnaya de Moscú uno se encontrará con el número 55 un comercio y su letrero al frente: “Comercio al por mayor. Frutas del Cáucaso, de Kalandadze”. Estando en la entonces URSS visité el lugar, bajé por una crujiente e insegura escalera de madera hacia un sótano oscuro donde apenas pude descubrir dispersas piezas de una vieja impresora: allí, pues, funcionó durante algunos años la imprenta clandestina de los bolcheviques (comunistas) a pesar del riesgo de tener justo enfrente al Cuartel Central de la feroz policía del zarismo. Miles de ejemplares de periódicos marxistas nacieron en ese lugar y encendieron al populacho con la idea del socialismo. Eran las épocas en que el poeta Vladimir Maiacovsky y el intelectual Anatoli Lunacharsky agitaban revoluciones en improvisadas tribunas.


El Aurora

A comienzos de 1917 la Rusia del zar Nicolás II se agotaba en las trincheras de la Primera Guerra Mundial y el crudo invierno castigaba con epidemias y treinta millones de hambrientos. Regimientos enteros se rebelaban y confraternizaban con los adversarios alemanes. El clamor por una paz inmediata recorría los frentes de batalla y las principales ciudades.

En tal situación desaparecían la indiferencia y la pasividad: la autocracia zarista pasaba a ser la principal culpable de tanta tragedia y pese a las graves derrotas sufridas por las insurrecciones populares entre 1905/7, la idea de un socialismo tal como lo preconizaban los marxistas recorría Rusia.

Si en el frente se estancaba una guerra de trincheras con miles de muertes y lisiados, en el frente interno cundía dentro de los partidos de izquierda la guerra de posiciones ideológicas en la cual cobraba mayor dimensión el argumento de que capitalismo y guerra iban de la mano.

1917 se iniciaba con alzamientos, huelgas y barricadas en los centros urbanos al tiempo que fracasaba la cosecha de granos, se agudizaba la hambruna y el campesinado reclamaba la tierra que desde hacía siglos estaba en manos de la iglesia y la aristocracia.

Pero el fenómeno social sobresaliente era que de manera creciente las clases plebeyas, con y sin uniforme, confraternizaban: no tardarían en unirse en la acción.

El zarismo se mantenía a fuerza de represiones. Líderes revolucionarios del socialismo como Vladimir Ilich Ulianov “Lenin” (47 años) y Lev Davidovich Bronstein “Trotsky” (37) debieron exiliarse en Zúrich y Finlandia, respectivamente. Ellos pertenecían, aunque con visiones distintas, a la principal fuerza opositora, el Partido Obrero Socialdemócrata Ruso (POSDR) que finalmente en febrero de 1917 llamó al alzamiento general. Los mencheviques –el ala más moderada del POSDR– como fuerza dominante, junto a los social revolucionarios (eseristas) y liberales, instauraron la República y formaron un Gobierno Provisional que prometió poner punto final a la guerra y decretar urgentes medidas sociales, pero en realidad tan moderados fueron que colocaron para presidir el nuevo gobierno a un destacado hombre de la nobleza, el príncipe Gueorgui Lvov.

Masas y soldadesca saludaron la caída del zar, pero aquella burguesía con las riendas del poder dio la espalda a los reclamos urgentes de las clases más castigadas y eligió seguir a los aliados de Francia e Inglaterra que presionaban por continuar la guerra hasta que un armisticio sin fecha llegara por decisiones conjuntas.

Los bolcheviques, la corriente de izquierda socialdemócrata donde militaban Lenin y los “independientes” de Trotsky, se opusieron de manera terminante. Las asambleas de obreros, territorios, soldados, marineros del Báltico y campesinos, que desde la primera revolución en 1905 habían comenzado a conformar los sóviets con conducciones emanadas del voto asambleario, se agitaban en fuertes debates. Mencheviques y bolcheviques disputaban la hegemonía pero en la medida que el Gobierno Provisional demoraba el cumplimiento de sus promesas, el ala más radicalizada fue ganando espacios.

Los soldados desertaban y retornaban con sus armas a los centros urbanos o al campo y formaban nuevos soviets. Rusia se sumergía en el caos y asomaba como el eslabón más débil del capitalismo en Europa. Lenin, Trotsky y otras personalidades revolucionarias apresuraron su retorno a Rusia: pronosticaban que con ese curso de acontecimientos se avecinaría la Revolución Soviética, quizás la más grande que haya conocido hasta entonces la humanidad.

Abril
Cuando en 1977 se celebró el 60 aniversario de la Revolución de octubre yo estaba de corresponsal en la Unión Soviética. Durante el XXV Congreso del PCUS (Partido Comunista de la Unión Soviética) había visto desde lejos a Vasili Petrovich Vinogradov. Yo estaba junto a los corresponsales extranjeros y él se ubicaba muy cerca del Leonid Brezhnev, por entonces secretario general del Partido. De los ciento veinte miembros del presídium, Vasili Petrovich era el veterano. Había nacido en enero de 1895, militante del partido de los bolcheviques desde 1915 aunque antes había participado en movimientos huelguísticos de Petrogrado como obrero desde 1908 primero en la empresa Fénix, de capital inglés, y después en Metálica, la fabrica que, avanzando los años, construyó gigantescas turbinas destinadas al Brasil y otras para la represa Salto Grande entre Argentina y Uruguay.

Volví a ver a Vasili Petrovich en el Palacio de Ksheshinskaia de Petrogrado, hoy convertido en museo. Ese palacio perteneció a una adinerada polaca hasta que en la revolución de febrero de 1917 penetró en sus recintos una división de autos blindados de los bolcheviques y se apropió del lugar para convertirlo en sede del Comité Militar Revolucionario hasta junio de ese mismo año. Vinogradov conocía este caserón como la palma de su mano porque había sido miembro del buró del Comité Regional del partido de los bolcheviques de Viborg, el barrio más proletario y revolucionario de Petrogrado.

Con sus 82 años poseía una envidiable vitalidad. Me habló más de dos horas sobre los meses previos al estallido de octubre. Por supuesto, no faltó el vodka. Estábamos sentados a una pequeña mesa dentro del salón de actos en el mismo edificio donde Lenin compartió con los más destacados militantes revolucionarios los proyectos que había expuesto en su “Tesis de Abril”; me refirió sobre cómo en la fábrica Metálica organizaron los destacamentos armados de la Guardia Roja, de cómo distribuía los periódicos bolcheviques entre soldados y marineros del Báltico, y de cómo y cuándo conoció a Lenin.

El Comité clandestino de Viborg que integraba Vinogradov fue el organizador del recibimiento de Lenin cuando éste llegó el 3 de abril de 1917 desde Zúrich a la estación Finlandia de Petrogrado después de una semana de viaje en un vagón sellado. Vasili Petrovich se lamentó porque los únicos testigos con vida de aquella jornada eran dos, uno de ellos mi entrevistado.

Le pregunté sobre aquellos instantes del arribo de Lenin a Rusia.

“Era aproximadamente las once de la noche -me respondió-, había suspenso entre nosotros, hasta que se abrieron las puertas de uno de los vagones y allí apareció una persona bajita de hombros anchos, abrigo negro abierto, gorro de piel, que saltó al andén. Era Lenin. En segundos lo rodeó el gentío y comenzaron las hurras que parecían truenos de primavera. Recuerdo que Vladimir Ilich quitó su gorra para saludar. A su encuentro fueron un representante del Gobierno Provisional que le dio la bienvenida y el secretario del Comité de Viborg quien le entregó el carnet partidario de nuestra regional número 600. Se abrazaron y dirigieron hacia la plaza de la estación donde miles lo esperaban. Si, si vamos rápido, respondió Lenin. Pero cuando apenas salió por la puerta central de la estación intentó hablar a la multitud desde las escalinatas, pero su voz no llegaba al grueso de los presentes, entonces los compañeros lo alzaron en andas y lo depositaron en el techo de uno de los dos autos blindados que lo aguardaban en el centro de la plaza. Desde ahí llamó a no dejar pasar el tiempo y a actuar con decisión contra el régimen de los opresores. La mayoría de nosotros éramos obreros y soldados, casi todos analfabetos”.

La bienvenida del representante oficial fue meramente formal, se sabía ya de las profundas diferencias que los separaban de las posiciones de Lenin, y éste lo señaló con vehemencia en su discurso: “los pueblos –exclamó– volcarán las armas contra sus explotadores capitalistas. Se inicia una nueva era. ¡Viva la revolución socialista mundial!”

Trotsky llegaría a la misma estación un mes después, el 4 de mayo. Los dos revolucionarios coincidían en que se acercaba el momento decisivo de la revolución socialista pero mientras el primero señalaba que los obreros debían encabezar un frente y tomar las riendas del poder recién cuando la relación de fuerzas sea favorable para no sufrir otra derrota como la de 1905, Trotsky en cambio promovía la “revolución permanente” y señalaba que el proletariado ya estaba en condiciones por si solo de llevar a cabo las grandes transformaciones socialistas.

Hoy, la locomotora que condujo a Lenin está encerrada en una vitrina de la plaza de la terminal Finlandia de San Petersburgo, y en el mismo lugar donde habló Lenin trepado al blindado se levanta un monumento alusivo.

Sobre los hechos que se precipitaron desde ese abril de 1917 hasta octubre, apenas seis meses, se escribieron centenares de libros, pero a mí me interesaba remover la memoria de Vinogradov.

“Comprendimos que venían semanas decisivas. En nuestra fábrica llegamos a organizar tres batallones de obreros armados, una sección de ametralladoras y otra de cañones”.

–¿Ustedes tenían noción de la envergadura de los hechos que protagonizaban?

“Era difícil imaginar la trascendencia de nuestros actos. Lo que sí le aseguro es que teníamos muy presente, sobre todo, derrocar a nuestro enemigo porque estábamos hartos de guerra, de explotación y del hambre. Pero creo que muy pocos entendían la exacta dimensión histórica de Lenin en aquella ocasión pero sabíamos que nos interpretaba”.

–En la fábrica Metálica donde usted trabajaba, ¿acaso hacían cañones?

–Si no lo hacíamos, los conseguíamos, porque ya comenzaban a sublevarse soldados de varios regimientos. En verdad fabricábamos turbinas con una potencia de trescientos kilovatios pero ahora las estamos haciendo de seiscientos cincuenta mil. ¡Fíjese qué salto!”

Cabellos y bigotes blancos resaltaban de su rostro enrojecido: “Ese mismo blindado desde donde habló, condujo a Lenin desde la estación hasta este Palacio de la polaca donde estamos. Yo no quería aquella noche entrar adonde estaba reunido nuestro Comité. Pensé que Lenin estaría muy ocupado, pero como la sede estaba camino a mi casa, entré para hablar un momento con los compañeros de la guardia por si necesitaban algo. Lenin se enteró que yo estaba allí y pidió conversar conmigo inmediatamente. Trataba de juntar los datos precisos del momento que se vivía en cada fábrica, en cada regimiento y en cada barrio. Esa fue la primera vez que estreché la mano de Lenin. Quería saber el mínimo detalle con objetividad, se interesó por saber cuántas fuerzas exactamente teníamos en la fábrica, el grado de organización y quienes tenían la mayoría en nuestro soviet. En el soviet de la Metálica los bolcheviques habíamos ganado la mayoría, éramos la dirección”.

Continuar leyendo en Pagina12.com
Otras noticias
Fiesta del cordero a la estaca
Juventudes y amores
Jornadas en Micro y Nano-Sistemas Biológicos
Unernoticias
Periódico Digital de la Universidad Nacional de Entre Ríos
Portada | Institucional | Facultades | Proyectos | EDUNER | Radio | Cultura | Becas | Internacionales | Contacto
La UNER en Facebook La UNER en Twitter La UNER en Youtube La UNER en Flickr