Internacionales - 27.03.2018

Groenlandia se derrite

Los groenlandeses –los 56.000 sin excepción– viven de cara al mar y de espaldas a un interior vasto e inhabitable.
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Groenlandia se derrite
Una tranquila madrugada de noviembre en Niaqornat, un pueblo de la costa occidental groenlandesa, 500 kilómetros por encima del círculo polar Ártico, los perros de trineo empiezan a aullar. Nadie puede asegurarlo, pero algunos vecinos sospechan que los perros han oído las exhalaciones de los narvales. Estas ballenas con «cuerno» helicoidal de unicornio suelen entrar en el fiordo de Uummannaq en esta época del año durante su migración hacia el sur. A la mañana siguiente casi todos los hombres de la comunidad zarpan en pequeños botes para intentar cazar un narval, como llevan haciendo desde hace siglos los inuit de Groenlandia, aunque en la actualidad lo hacen lanzando arpones desde unas lanchas motoras que navegan a 30 nudos y rematando a sus presas con potentes rifles.

Esa tarde, bajo un cielo gris que desciende por momentos, los cazadores regresan y varan sus botes en la orilla. El resto de los 50 vecinos de Niaqornat salen de sus casas de madera pintadas de vivos colores y se congregan en la playa pedregosa, impacientes por descubrir qué traerán los botes. Entre ellos está Ilannguaq Egede, el gerente de la planta generadora de energía del pueblo. Tiene 41 años, y llegó a este pueblo hace nueve procedente del sur de Groenlandia, donde los ganaderos de ovejas superan de largo a los balleneros, para estar con una mujer de Niaqornat que conoció en una página de citas por internet. «Todavía no he cazado mi primer narval –dice–. A ver si lo hago esta temporada».

Un estilo de vida tradicional
Quizá los narvales hayan esquivado a sus perseguidores. O tal vez ni siquiera hayan pasado por allí y sigan en el norte, demorándose en sus aguas estivales antes de que la formación de la banquisa los empuje hacia el sur. Sea como fuere, los cazadores de Niaqornat han vuelto con presas menudas: focas anilladas, su alimento básico. En unos minutos los animales están desollados y despedazados, y su carne, guardada en bolsas de plástico. Los niños, entusiasmados, han recibido pedacitos de hígado crudo. Aparte de unas piedras manchadas de sangre y algunas aletas seccionadas, no queda rastro de las focas.

Pronto tampoco quedará rastro de algo más: de todo un modo de vida. Los jóvenes huyen de los pequeños pueblos marineros como Niaqornat. Algunas comunidades se las ven y se las desean para subsistir. Y una cultura que ha evolucionado a lo largo de los siglos, adaptándose al avance y retroceso estacional de la banquisa, afronta ahora la posibilidad de que el hielo se retire para siempre. ¿Podrá sobrevivir una cultura así? ¿Qué se perderá si no lo consigue? En la playa, Egede imita el sonido que hacen los narvales cuando emergen para tomar aire. «Se les oye respirar –explica. Respira hondo, contiene el aliento y luego exhala con un silbido explosivo–. Así.»

Cuando el mar se congela, el mundo del norte de pronto se hace más grande. Los horizontes se expanden aunque la luz solar mengüe. Los groenlandeses –los 56.000 sin excepción– viven de cara al mar y de espaldas a un interior vasto e inhabitable. No hay carreteras para cruzar los glaciares y los fiordos insondables que separan las desperdigadas poblaciones costeras. Ahora hay aviones, helicópteros y rápidos barcos a motor para comunicarlas, pero en su día era la banquisa lo que acababa con el aislamiento y la melancolía otoñal de los pueblos, al menos en los lugares más septentrionales como Uummannaq. En invierno los trineos de perros, las motos de nieve e incluso los taxis y los camiones cisterna pueden circular sobre lo que en verano es mar abierto. Desde que los inuit llegaron a Groenlandia, el invierno es la época de las visitas, los viajes y la caza.

De las 2.200 personas que viven en el fiordo de Uummannaq, más de la mitad se concentran en la isla homónima, en las laderas de un monte de 1.170 metros de altitud llamado montaña «con forma de corazón», Uummannaq en groenlandés. La ciudad es el centro comercial y social de la región, donde la gente de los siete asentamientos exteriores (Niaqornat entre ellos) matricula a sus hijos en el instituto y hace las compras. En Uummannaq uno puede colocarse de mecánico en un taller, de trabajador social, de maestro.

En los asentamientos la gente se gana la vida cazando y pescando. La carne de ballena y de foca son una parte muy importante de la dieta, pero su exportación está prácticamente prohibida. Así que la verdadera fuente de ingresos es el fletán, también llamado halibut.

Muchos asentamientos tienen una factoría de pescado gestionada por Royal Greenland, una empresa pública que procesa y envasa el fletán para su exportación. La pesca del fletán se practica todo el año. Cuando no hay hielo, los pescadores lanzan al fiordo palangres con cientos de anzuelos cebados. En invierno abren orificios de medio metro de grosor en el hielo marino, hunden sedales de unos 100 metros de largo y se cobran las capturas con un cabrestante. Si la jornada va bien, un pescador puede cargar su bote o su trineo con 225 kilos o más de este pescado plano y pardusco y vendérselos a Royal Greenland por cientos de euros.

Aunque la pesca reporta buenos ingresos a muchas familias, los asentamientos más pequeños no sobrevivirían sin las generosas subvenciones del Estado. Hasta las comunidades más remotas cuentan con helipuertos, antenas de telefonía móvil, tiendas de comestibles, clínicas y escuelas de primaria, todo ello financiado por una subvención anual en bloque aportada por Dinamarca que se cifra en unos 500 millones de euros y representa una cuarta parte del producto interior bruto de Groenlandia. Los groenlandeses que sueñan con independizarse por completo de su antiguo dominador colonial (actualmente Groenlandia solo decide su política interior) cifran sus esperanzas en la riqueza mineral y el petróleo offshore. Pero los campos petrolíferos todavía no se han empezado a explotar, y un estudio reciente advierte de que la minería exigiría tal cantidad de mano de obra inmigrante que los groenlandeses podrían convertirse en minoría en su propio país.

El cambio climático está empeorando aún más la precaria economía de los asentamientos. Ha alargado los períodos invernales y primaverales en que el hielo es demasiado grueso para que los barcos salgan de los puertos, pero demasiado fino para soportar el peso de trineos o de motos de nieve. El hielo inseguro afecta la pesca, pero los más perjudicados son los cazadores.

«En la década de 1980 los inviernos eran fríos –dice Uunartoq Løvstrøm, un enjuto cazador de 72 años y uno de los 200 vecinos de Saattut, un islote que está cerca de la cabecera del fiordo de Uummannaq–. Y el hielo, así de grueso», añade, levantándose del sofá para situar la mano a la altura de la cadera. Estamos en la sala de estar de su casa de madera azul, a un breve paseo del puerto. En la mesa hay varias garras de oso polar, recuerdos de una antigua batida de caza.

En lo más crudo de los inviernos de los últimos años, cuenta Løvstrøm, el hielo del fiordo no habrá superado los 30 centímetros de grosor. En vez de helarse en diciembre o enero y fundirse en junio, el mar se congela en febrero y empieza a derretirse en abril. La pérdida de hielo ha acortado la temporada de caza, en un país donde esa carne ayuda a las familias a salir adelante: la carne de foca, de reno y de ballena surte los congeladores para todo el año. Y disparar contra las focas desde un bote es mal sucedáneo de la caza en trineo tradicional. En un trineo, el cazador puede bajarse y acercarse a su presa sigilosamente. A bordo de un bote ruidoso no puede aproximarse tanto; no tiene más remedio que intentar un difícil disparo a larga distancia cuando la foca sale a respirar a la superficie.

Y cuando consigue cazarla, la presa se hunde en la capa superficial de agua dulce procedente del deshielo de los glaciares y se queda flotando en la capa inferior de agua salada, desde donde hay que izarla.
Pero los glaciares que desaguan en el fiordo de Uummannaq se están derritiendo a un ritmo sin precedentes, de modo que la capa de agua dulce es cada vez más gruesa y las focas abatidas se hunden a mayor profundidad, quedando a veces fuera del alcance del cazador.

Faltan por lo menos tres meses para que la temporada de hielo llegue a su momento álgido cuando, un límpido día de octubre, acompaño al hermano de Uunartoq Løvstrøm, Thomas, de 66 años, a alimentar a sus perros de trineo. Tiene tantos, que no puede dejarlos en el patio de casa. Nos montamos en su barca de cuatro me¬tros de eslora y, tras salvar los growlers (témpanos pequeños) del puerto de Saattut, Thomas enciende el motor fuera borda.

Hacia el este alcanzamos a distinguir una muralla blanca: los 60 metros de altura del frente de un glaciar que discurre desde el manto de hielo interior, que según Thomas ha retrocedido más o menos un kilómetro en el último decenio. Hacia el norte y el sur se yerguen sobre las aguas azul zafiro del fiordo unos acantilados ocres salpicados de nieve. Pronto entramos en una de las incontables ensenadas. Observándonos impacientes desde un pelado afloramiento rocoso aguardan los canes de Thomas.

Los perros de Groenlandia constituyen una de las razas más antiguas del mundo, ya que descienden de los que acompañaron a los inuit cuando emprendieron su viaje desde Siberia hasta la isla hace un milenio. Casi todos pasan su vida adulta encadenados, aunque de cachorros vagan en libertad. Son perros de trabajo, no mascotas, lo bastante fieros para enfrentarse a un oso polar y criados para someterse de buen grado a los arneses de un trineo y arrastrar su pesada carga sobre el hielo. También son víctimas del cambio climático.

Como la temporada de hielo se ha reducido, algunos cazadores ya no pueden mantenerlos todo el año, y más ahora que resulta tan fácil hacerse con una moto de nieve, que no pide alimento fuera de temporada. Algunos cazadores se han visto al límite y han comenzado a sacrificar sus animales.

Ninguno de los hermanos Løvstrøm ha llegado a ese punto, y esta temporada tienen carne de sobra para sus perros. Hace unos días varios cazadores de Saattut se cobraron unos 40 calderones en un solo día, un botín imprevisto que llenará durante meses las despensas del asen¬tamiento. Thomas ha traído parte de esa carne para sus animales. Sobre las rocas, fuera del alcance de los perros, dispone unos pedazos de ballena del tamaño de un tocón de árbol. Luego, moviéndose con agilidad sobre el resbaladizo terreno, sierra unas lonchas rígidas de piel negra y grasa blanca y se las va lanzando a los perros, que aúllan y tiran de las cadenas.

Esa tarde de regreso en su casa, en una sala de estar donde las fotos de familia comparten pared con viejas herramientas de hueso de ballena, Thomas habla de cómo ha cambiado Groenlandia desde su juventud. «Hasta 1965 en mi casa solo teníamos botes a remos, nada de motores –dice–. Mi padre era un cazador magnífico. A los 75 años seguía cazando narvales desde un kayak. Todo cuanto necesitaba para cazar (kayaks, herramientas, arpones) lo fabricaba él mismo.»

Observando a sus nietos tirados por el suelo y absortos en sus respectivas minipantallas, afirma: «A estos les interesan más los iPads y los ordenadores».

La tradición no atrae en absoluto a Malik Løvstrøm (la coincidencia del apellido es casual), un esbelto batería de 24 años que toca en la banda del pueblo y ha vivido en Uummannaq desde que nació. A él le gusta el rock duro y el cine de terror, no la caza de focas o la pesca del fletán. Ha aprendido inglés por su cuenta a base de escuchar música y sueña con trabajar de guía turístico en los cruceros que surcan los fiordos groenlandeses en verano. Sabe que para ello tendría que mudarse a una ciudad mayor, como Ilulissat o Nuuk, pero entonces nadie cuidaría a su abuela –su aanaa– de 80 años, quien lo crió de niño. Por eso sigue en Uummannaq.

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