30.12.2020

Aprender a mirar con los pies en la tierra

El modo de vida campesino es una invitación a transformar los mundos. Una crónica que parte de una introspección personal para cuestionarlo todo.
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Aprender a mirar con los pies en la tierra
Ilustración Lucho Galo
El modo de vida campesino es una invitación a transformar los mundos, las tareas de los cuidados de los seres humanos y no humanos, la defensa de los territorios y el sostén de una economía y un modo de producir que está ‘fuera de los mapas’. Una crónica que parte de una introspección personal para cuestionarlo todo.

Durante los últimos cinco siglos se ha extendido en el planeta un patrón civilizatorio antropocéntrico, etnocéntrico y patriarcal, que define y organiza las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales, según parámetros de bienestar centrados en la acumulación de bienes materiales y el crecimiento económico sin medida. Su expresión hegemónica es el sistema capitalista y su período histórico, la Modernidad. A su vez, dicha construcción y difusión es propiciada por y propicia a la vez, la expansión colonial en el mundo. Desde el pensamiento y prácticas dominantes se extienden clasificaciones y jerarquías entre seres humanos sobre no-humanos; la adultez sobre la juventud y niñez; hombres sobre mujeres; gente blanca sobre cualquier otro color humano; gente rica sobre pobres; y saberes como el conocimiento racional y positivista expresado en la ciencia moderna, sobre cualquier otro tipo de conocimiento.

Estos procesos sociales aparecen entretejidos en las historias personales y familiares. Mis abuelas y bisabuelas les pusieron el cuerpo en la vida cotidiana de familias migrantes en las ciudades de Buenos Aires y Montevideo. A tono con la historia del país, la historia campesina vivida por mis ancestras en Turquía y Polonia desapareció de los relatos, envuelta en una imagen de pobreza que era necesario dejar atrás. El éxito económico y material, definió en gran medida el “éxito familiar”.

Así se configuró mi familia de origen, mi infancia y adolescencia de mujer blanca urbana. Estudiar sociología en la Universidad, me abrió el pensamiento y la mirada crítica. Me hizo reconocer las relaciones de poder entramadas en el tejido social, en los procesos políticos, económicos, culturales. Conocí personas con diferentes recorridos que me invitaron a participar, a “hacer algo” para mejorar el mundo. Pero si bien la sociología y la vida en la facultad contribuyeron a entender mi crianza de clase media y reconocer mi vida privilegiada, el alcance del mundo siguió siendo para mí generalmente, blanco y urbano. No porque no conociera la existencia de comunidades indígenas y campesinas que se autoafirmaban como tales, sino más bien porque mi mirada, mi modo de sentir y pensar se mantenía básicamente blanca y urbana. Creo que es verdad que la cabeza piensa donde los pies pisan.

Las élites que definen el rumbo del país, incorporan el modelo civilizatorio dominante a nivel mundial, que asocia el desarrollo a la capacidad humana para transformar radicalmente la naturaleza, e “independizarse” de ella en pos del crecimiento económico e industrial. Argentina integra este discurso como eje constitutivo en un proyecto modernizador basado en el desarrollo capitalista, desde el cual resuelve de diferentes maneras la incorporación (y negación) de lo “otro” popular, campesino e indígena, que a lo largo de la historia se jerarquiza en la figura del pueblo trabajador.

Muchas familias siguen poblando los campos; cuidando la tierra y alimentando a los pueblos, llevando a cabo prácticas ancestrales que son caracterizadas en el orden capitalista como “improductivas” y desvalorizadas frente a la producción a gran escala que motoriza el desarrollo moderno. Mientras muchos de sus integrantes (principalmente hombres), asumen su identidad dentro de lo nacional como trabajadores asalariados (primordialmente migrantes temporarios), estas familias (esencialmente mujeres, niñas y niños) sostienen una economía campesina fuera del mapa, que genera un sustento económico y social afectivo para esos trabajadores migrantes que vuelven entre temporadas, así como para los pequeños centros urbanos que van creciendo lentamente, subordinados y ajenos al centro pampeano y porteño. Mantienen un modo de vida organizado en estrecha vinculación con la naturaleza y una economía basada en el autoabasto, que no se rige por parámetros de productividad ni tiende a la acumulación. Un modo de vida que persiste alimentando a los pueblos y garantizando las tareas de reproducción social, desvalorizadas e invisibilizadas en el orden capitalista moderno, y a la vez fundamentales para garantizar su continuidad.

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