Internacionales - 06.03.2018

El Goya para Hitler

Compartir en Facebook Compartir en Twitter Compartir en Google Plus Compartir en WhatsApp
El Goya para Hitler
A lo largo de los siglos, a muchos mandamases se les ha ganado por el estómago. Pero Hitler se inclinaba por la dieta vegetariana y encima temía que lo envenenaran. Así que había que seducirle por otros medios. La vista, en su caso, como pintor frustrado, funcionaba, igual que su oído wagneriano. El arte fue una de sus grandes debilidades. Cuando Franco pensó que el líder nazi podría llegar a dominar el mundo, quiso complacerle. Para empezar, le regaló tres obras de Zuloaga, un artista que Hitler admiraba. Pero quería engatusarle con algo más: La marquesa de Santa Cruz, pintada por Goya… y algún greco. El alemán, por su parte, obsequió al dictador con un Mercedes último modelo.

Hasta hoy no había pasado de leyenda urbana. "Nada más allá del dicen, cuentan…", asegura Miguel Falomir, director del Museo del Prado. Pero a partir de ahora, son hechos probados, según el historiador Arturo Colorado Castellary. En Arte, revancha y propaganda (Cátedra), el catedrático de la Universidad Complutense ha seguido el rastro documental del episodio. “Una prueba más de la instrumentación del patrimonio que Franco hizo a su conveniencia. Lo utilizaba cuando le venía bien como arma de negociación secreta o como propaganda”, afirmó la pasada semana en Madrid.

La historia es rocambolesca y bastante confusa. “De ahí que solo podamos fiarnos del rastro documental”, comenta Colorado. Y no para probar el hecho, sino la intención. “Esta última queda clara”, añade el historiador. Para ir cortejando a Hitler, le envió tres obras de Zuloaga. Antonio Magaz, embajador en Berlín, se las entregó en julio de 1939. “Planeaba crear en la ciudad austriaca de Linz el Museo del Führer, la pinacoteca más grande del mundo. Y lo que más ilusión le hacía como obsequio eran las obras de arte”.

Franco fue tanteando entre expertos de su confianza qué más le podría gustar. Consultó, entre otros, al artista José María Sert. El dictador pretendía cambiar el goya, junto a un Apostolado del Greco —“obras de las que existían dos versiones”, apunta Colorado—, por el Patio de la Infanta, un conjunto monumental en poder de los alemanes. “Según el informe que elabora Enrique Valera, marqués de Auñón y encargado de las relaciones culturales franquistas, sobre la posible entrega del cuadro, Sert sostenía que este no podía considerarse entre las obras maestras de Goya”.

En esos años, La marquesa de Santa Cruz se encontraba en el Prado. Había regresado de Ginebra tras la evacuación de obras en la Guerra Civil y su futuro parecía dudoso. Los propietarios originales, la familia Silva, lo reclamaban, así que Franco mandó comprarla por un millón de pesetas (6.000 euros). Era la pieza perfecta para Hitler. No solo la mujer que servía de modelo estaba representada como símbolo de la música. En la lira que sostiene se aprecia un lauburu: icono vasco que se asemeja a la esvástica.
Marcha atrás

Pero Franco dudó. “Los acontecimientos de la guerra no le convencían”, dice Colorado. Finalmente se echó para atrás. “El régimen viró hacia la neutralidad y la obra quedó en manos de Félix Fernández Valdés, su propietario hacia el final de la II Guerra Mundial”. El bandazo del dictador se explica así: “Si bien lo adquirió para librarse de conflictos mediante el regalo, luego quiso deshacerse de él porque le incomodaba tener en el Prado un óleo que pudo acabar en manos de los nazis”, asegura el historiador.

Los herederos de Fernández Valdés lo vendieron en 1983 y lo sacaron ilegalmente del país. “A partir de ahí se inició un pleito a instancias del Gobierno español que, en cierto modo, marcó un hito”, comenta Falomir. “Lo lideró el despacho de abogados de Uría por encargo del entonces ministro de Cultura, Javier Solana. Sirvió para recuperar una obra fundamental y aumentar la autoestima del país, ganando un proceso en los tribunales internacionales”, agrega el responsable del Prado. No fue el único episodio que Franco utilizó política y diplomáticamente con el patrimonio como herramienta. Cuando los aliados empiezan a entrar en Francia, otro tesoro corría peligro: las obras del Louvre. “Se hallaban evacuadas en castillos al sur del país. Franco, por si el régimen de Vichy lo necesitaba, ofreció acoger las obras en España. Concretamente en el palacio de Riofrío, en Segovia”, afirma el catedrático. No se trataba de cualquier pieza. Allí pudieron recalar La Gioconda o la Victoria de Samotracia. Pero los franceses, amablemente, declinaron la invitación.

Fuente: elpais.com
Otras noticias
Presentación de Medicina Veterinaria
Apertura del Panel Coloquio Internacional Sexualidades
Jornada de Gestión Cultural
Unernoticias
Periódico Digital de la Universidad Nacional de Entre Ríos
Portada | Institucional | Facultades | Proyectos | EDUNER | Radio | Cultura | Becas | Internacionales | Contacto
La UNER en Facebook La UNER en Twitter La UNER en Youtube La UNER en Flickr