Internacionales - 13.06.2018

Los nuevos europeos

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Los nuevos europeos
Cinco días después, el 31 de agosto, Merkel celebró su anual rueda de prensa estival en Berlín. Justo en aquellos momentos, multitud de refugiados sirios en Budapest abarrotaban los trenes con destino a Alemania. Como de costumbre, Merkel se mostró imperturbable. Su Gobierno, dijo, calculaba la llegada de 800.000 refugiados en 2015. (Acabaron siendo más de un millón).

Ella le recordó a la prensa que la Constitución alemana garantiza el derecho al asilo político y que el primer artículo dice: «La dignidad humana es inviolable». Y de hecho eran muchos más los alemanes que honraban esas promesas y ayudaban a los refugiados que los que lanzaban piedras e insultos. «Alemania es un país fuerte –declaró la canciller–. Hemos logrado muchísimo. ¡Podemos hacerlo!».

Hace más de un año que los europeos, y sobre todo los alemanes, viven inmersos en un inquietante debate público sobre el significado de su identidad, y sobre cómo las personas nacidas en otras sociedades encajan en la suya propia. A finales de agosto de 2015, la tensión causada por la afluencia de refugiados procedentes de Oriente Próximo había llegado a sus límites. Setenta y una personas fueron halladas muertas en Austria, abandonadas por unos traficantes dentro de un camión cerrado con llave. En Alemania, un grupo de neonazis atacó a la policía frente a un centro de acogida en Heidenau, cerca de Dresde.

Cuando la canciller alema¬na Angela Merkel visitó el centro para mostrar su apoyo a los refugiados, los manifestantes enfurecidos la recibieron con gritos de: «¡El pueblo somos nosotros!». La llamaron «puta», «zorra estúpida» y «Volksverräter», un epíteto de la época nazi que significa «traidora al pueblo».
Puede que un día esas palabras –«Wir schaffen das!»– se graben en su lápida. Mientras tanto, han ayudado a convertir Alemania en el escenario más convincente de un drama mundial. Durante décadas la emigración internacional ha crecido a mayor velocidad que la población. En 2015, según Naciones Unidas, en el mundo había 244 millones de inmigrantes, personas que viven en un país en el que no han nacido. La cantidad de refugiados que se han visto forzados a abandonar su patria, 21 millones, se situaba en su punto más alto desde la Segunda Guerra Mundial.

Los científicos vaticinan que el cambio climático aumentará esas cifras, pues cada vez serán más frecuentes las sequías y la subida del nivel del mar; algunos dicen que estos factores ya han contribuido a la guerra civil en Siria, que ha desencadenado el actual éxodo a Europa.

Los refugiados llegan a un continente que desde la Segunda Guerra Mundial se ha convertido en hogar de una tercera parte de los inmigrantes del mundo. Los principales países europeos, que antaño enviaban a sus masas hacinadas a Estados Unidos, ahora tienen una población nacida en el extranjero comparable a la de Estados Unidos. Pero solo se hacen cargo de esta realidad algunos europeos, y lo hacen más a nivel intelectual que emocional.

Incluso en Estados Unidos, «una nación de inmigrantes», como la llamó John F. Kennedy, la inmigración provoca divisiones, y siempre ha sido así. En la década de 1750 a Benjamin Franklin le preocupaba que demasiados alemanes acudiesen a Pennsylvania. Decía que tenían una «tez morena».

Los alemanes tienen una palabra para describir eso que temía Franklin: Überfremdung, literalmente «sobreextranjerización». Se trata del miedo de que el propio hogar se vuelva irreconocible por haber demasiados extranjeros que hablan otros idiomas y se comportan de manera diferente.

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Fuente y foto: nationalgeographic.com.es
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