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Internacionales - 09.08.2018

El armadillo fósil de San José

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El armadillo fósil de San José
Un grupo de amigos viaja a la costa de San José pero el clima no acompaña. Recién cuando la tormenta amaina, logran bajar a la playa. En el suelo, parcialmente sumergido en el río crecido, ven unas pequeñas manchas blancas y no lo dudan: se trata de fósiles. Esperan la calma posdiluvio del día siguiente y se ponen a excavar. Lo que encuentran es excepcional: en el momento no tenían forma de saberlo, pero se trata de una nueva especie jamás descrita. Y más importante aun: el ejemplar ayudará a mejorar el árbol genealógico de los mamíferos acorazados, ese que la evolución ha podado y dejó con una única rama de la que cuelgan las mulitas, los tatús y los armadillos.

La historia suena fantástica. Y lo es. Pero también suena más plausible si añadimos un par de datos. Por un lado, la barra de amigos incluía científicos que se habían acercado a esa playa de San José sabiendo que tiene una formación rica en fósiles. Por otro, entre ellos estaba Andrés Rinderknecht, paleontólogo del Museo Nacional de Historia Natural (MNHN), que no sólo tiene la extraña habilidad de ver huesos diminutos fosilizados desde varios metros de distancia –da la sensación de que lo hubieran adiestrado como a un perro para encontrar estupefacientes– sino que además, una vez que los ve, no descansa hasta saber qué son. Tras años de estudiar el material junto con investigadores de Argentina y Brasil, Rinderknecht acaba de publicar la descripción de esta nueva especie y el trabajo filogenético que determina la nueva familia de mamíferos cingulados en la revista internacional de paleontología Ameghiniana, y está tan feliz –este mes también se inauguró la nueva sede de su museo– que, cuando nos recibe, su sonrisa ciega como mirar a una supernova desde pocos metros.
Un nuevo uruguayo

Al llegar a la sala de ejemplares tipo del MNHN, Andrés abre las puertas de un armario metálico y deja ver dos caparazones compuestos de miles de pequeñas placas. “Ahí lo tienen, el fósil del Neoglyptatelus uruguayensis”, dice lleno de entusiasmo. “Era parecido a una mulita de hoy en día, pero medía más de un metro”. Uno, que es bicho de ciudad, pregunta si de cruzarnos con él en el campo lo confundiríamos con una mulita. “No creo. Eran enormes, no hay ningún cingulado vivo, salvo al tatú carreta, que tenga el tamaño del Neoglyptatelus uruguayensis”. Pero además del tamaño, hay otra diferencia llamativa: “Su coraza estaba articulada en el medio, pero no tenía bandas móviles como las mulitas de hoy en día. Tenía dos caparazones, una anterior y otra posterior, que se articulaban entre sí. Las mulitas también tienen dos, pero se articulan mediante siete o nueve bandas móviles”, dice Rinderknecht, y alcanza con ver la moneda de un peso –que está anatómicamente mal, pues la mulita acuñada tiene un exceso de bandas móviles– para darnos cuenta de que entonces no nos confundiríamos al verlo. “Los gliptodontes, otros cingulados que se extinguieron hace unos 10.000 años, tenían un solo caparazón”, añade el paleontólogo para dar pie a la importancia de haber encontrado este fósil: “Neoglyptatelus uruguayensis presenta un tercer tipo de coraza que hasta ahora no había sido descrito”.

Es que si bien se conocen muchísimas especies de mulitas fósiles, gliptodontes y otros animales extintos acorazados (ya hablaremos de ellos), Rinderknecht acota: “La mayoría de los fósiles de armadillos sólo se describen por placas sueltas. Encontrar cosas enteras es muy raro, incluso en el caso de los gliptodontes. Además, cuanto más atrás en el tiempo te vas, más difícil es”. Entonces uno comprende la rareza del fósil completo de San José: apareció en la Formación Camacho, un perfil geológico del Mioceno tardío, por lo que el ejemplar tiene unos diez millones de años.

Los neogliptatelos son animales descritos por fósiles de dos especies encontradas en Colombia (Neoglyptatelus originalis y Neoglyptatelus sincelejanus). Su presencia fue reportada también en Brasil y en Uruguay. Como el fósil encontrado por Andrés y sus amigos estaba muy completo, se pudo determinar que se trataba de una especie distinta a las de Colombia. El nombre dado a este neogliptatelo, si bien fue escogido por consenso entre todos los autores, no era el favorito de Andrés. “No es que no sea un buen nombre, es que ahora prefiero no poner el nombre de un lugar geográfico a una nueva especie, porque después esa especie puede aparecer en otro lado y el nombre confunde”, señala Rinderknecht, que reconoce que en el pasado también le puso kiyuensis a un pato gigante y a un perezoso. Por otro lado, agrega que dado que el primer autor del trabajo, Juan Carlos Fernícola, del Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, es argentino, ponerle “uruguayensis” es un gesto que merece reconocimiento y que va a contrapelo de la visión infundada del ego de los hermanos de la vecina orilla.

Pero para Andrés el hecho de que el Neoglyptatelus uruguayensis sea una nueva especie no es lo más importante de esta historia: “Si bien encontrar una nueva especie es buenísimo en sí, con este bicho eso casi que queda opacado. Lo que se lleva más de 99% de la importancia de este fósil es que podemos justificar una nueva familia de mamíferos y conocerla por primera vez”. Eso fue posible gracias a que la coraza del animal estaba casi completa. Y entonces agrega: “Si la coraza no fuera de una especie nueva pero estuviera completa, para el caso sería lo mismo, porque estamos hablando de que nos permitió caracterizar a todo un grupo”.

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