Internacionales - 03.10.2018

Los refugios de la Guerra Fria

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Los refugios de la Guerra Fria
Gris, acolchada, cómoda. El sillón no parece haber sido construido para un puesto de combate en el frente de la guerra nuclear. Yvonne Morris se sentó allí, alerta, durante principios de los 80. Ahora guía a grupos de visitantes por simulaciones de los protocolos que nunca tuvo que llevar a cabo: autentificar la funesta orden; retirar los códigos de lanzamiento de la caja fuerte; girar las llaves al unísono junto con el vicecomandante para enviar un misil balístico intercontinental Titan II de siete pisos de alto y su gigantesca carga nuclear precipitándose hacia el mundo.

Es entonces cuando Morris —excomandante de un equipo de combate de misiles y actual directora del Titan Missile Museum— dice a los turistas que han fracasado. Si la misión de mantener la paz mediante la disuasión hubiera sido un éxito, nunca habría lanzado la bomba.

En 2018, es una simulación. Pero en varios momentos de las últimas siete décadas, la mayoría de gente no habría necesitado ayuda a la hora de imaginar el inicio de una guerra nuclear. Algunos años, nadie olvidaba en absoluto de esa amenaza omnipresente. Aunque ha pasado desapercibida durante años, los acontecimientos actuales —y el aumento del turismo nuclear— le están devolviendo protagonismo.

Antiguas guerras
La preocupación y la desatención establecen un patrón repetitivo en lo referente a armas nucleares, según sugiere Paul Boyer en su libro By the Bomb’s Early Light: American Thought and Culture at the Dawn of the Atomic Age.

En los años inmediatamente posteriores a la II Guerra Mundial, en Estados Unidos reinaba una «conciencia obsesiva post-Hiroshima del horror de la bomba atómica», escribe Boyer. Para 1950, había desaparecido. Pero a mediados de esa década, las repercusiones de las pruebas de bombas atmosféricas estadounidenses y rusas —kilómetros de ceniza, pescadores muertos, lluvia radiactiva, leche radiactiva— revivieron el terror público.

La preocupación nacional por la guerra nuclear casi desapareció de nuevo tras la crisis de los misiles en Cuba en 1962, gracias un tratado que prohibía las pruebas y a la creciente impenetrabilidad de la tecnología y la estrategia nucleares. Y aunque los miedos de guerra nuclear resurgieron durante los conflictos globales de los ochenta, se produjo otra ola de desinterés tras el fin de la Guerra Fría en 1991: en el START I (Tratado de Reducción de Armas Estratégicas), los Estados Unidos y la URSS acordaron reducir su despliegue de armas nucleares y la gente quería pensar que la amenaza había pasado.
Mientras tanto, miles de cabezas nucleares permanecían enterradas en alerta máxima bajo granjas, hogares y carreteras.

El frente subterráneo
A nivel del suelo, los misiles eran prácticamente invisibles y su presencia se señalaba con antenas, vallas de alambre de espino y la puerta del conducto de lanzamiento, como una pequeña pista de baloncesto.
«Desde la distancia, no parece nada especial», explica Eric Leonard, superintendente del Minuteman Missile National Historic Site (MMNHS) en Dakota del Sur. Pero si te acercas, puedes leer las señales: Uso de fuerza mortal autorizado. «La distancia entre lo mundano y lo extraordinario es muy corta».

En los años 60, la Fuerza Aérea estadounidense colocó 1.000 misiles Minuteman sobre Great Plains, cada uno de ellos con un cargamento algo superior a un megatón. Solo se desplegaron 54 misiles Titan, la mayoría en el Suroeste, pero cada uno de ellos transportaba una carga de nueve megatones, suficientes para diezmar un área de más de 1.800 kilómetros cuadrados.

«Se han diseñado para borrar una ciudad de la faz de la Tierra», afirma Leonard. «Eso hacen. Pero otra parte perversa de las armas nucleares es que, cuando construyes armas tan potentes, el hecho de que las tengas listas para dispararse pretende servir como factor disuasivo contra los enemigos de Estados Unidos, para que no nos ataquen».

Esa estrategia de destrucción mutua garantizada ha sido imperante en la retórica del mundo nuclearizado. «Nos ha permitido encontrarnos cara a cara, mirarnos a los ojos directamente y no ir a la guerra entre nosotros», afirma Morris, que ha trabajado en alertas en los 18 silos de los Titan en torno a Tucson, Arizona, de 1980 a 1984.

Para garantizar que un misil esté listo para el lanzamiento minutos después de recibir una orden, los equipos hacían turnos de 24 horas conocidos como alertas, un equilibrio discordante de rutina ritualizada, adrenalina constante y domesticidad inquietante.

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