Internacionales - 09.10.2018

Un cerco a la muerte

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Un cerco a la muerte

La presencia de un numeroso grupo de agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) de origen cubano infiltrados en el Ministerio del Interior de Bolivia para hacerle la guerra a la guerrilla del Comandante Ernesto Che Guevara y dirigir las acciones criminales contra la izquierda, fue ratificada recientemente en las revelaciones de un colaborador profundo de Estados Unidos, quien se desempeñó como jefe de los Servicios de Inteligencia de Bolivia y del Departamento Técnico de la CIA en La Paz, entre 1964 y 1968.

En el documental titulado Operación Gaveta 1964-1968, La CIA en Bolivia, testimonio del agente CIA Ricardo Aneyba Torrico, este afirma que «eran los gringos quienes mandaban en Bolivia, que todo el tercer piso del Ministerio de Gobierno estaba manejado por los cubanos de Miami, por la gusanera, oficiales y agentes de la CIA».

Las investigaciones históricas realizadas por los doctores cubanos Adys Cupull y Froilán González, aportaban elementos en ese sentido que se recogen en los libros La CIA contra el Che y Sin olvido crímenes en La Higuera, donde se afirma que están registrados no menos de 12 agentes de la CIA, de origen cubano, con nombres y apellidos falsos y algunos con antecedentes de terroristas.

Precisan que en el asesinato del Che y sus compañeros participaron activamente tres de ellos: Gustavo Villoldo Sampera, Félix Ismael Rodríguez Mendigutía y Julio Gabriel García García, quienes tienen en común proceder de la mafia terrorista anticubana, haber recibido entrenamiento militar en bases estadounidenses; formar parte de la nómina de la CIA que los preparó en técnicas de infiltración, interrogatorios, tortura, manejo de explosivos, intercepción de correspondencia, comunicaciones telefónicas y persecución de personas.

También los une haber estado incluidos de alguna forma en expedientes policiales por implicaciones o escándalos de tráfico ilícito de drogas en distintas partes del mundo, incluidos los países y regiones donde cumplieron misiones criminales en nombre de la CIA y Estados Unidos. Sin embargo, nunca las pruebas fueron «suficientes» y siempre salieron ilesos ante la justicia norteamericana.

Un rápido recorrido por el camino del agente Gustavo Villoldo lo ubica en 1959 como colaborador de la policía de Fulgencio Batista; un año después fue reclutado por la CIA para actuar contra Cuba y dos años más tarde ya era agente principal de grupos de infiltración y sabotajes. En Bolivia participó en los interrogatorios y torturas de detenidos, se jactó públicamente de haber pateado y abofeteado el cadáver del Che, y de la decisión de cercenarle las manos.

Desde Brasil y México coordinó planes de atentado contra funcionarios diplomáticos cubanos, fue enviado como agente torturador a Vietnam por la agencia y a Honduras para la guerra sucia contra Nicaragua.
Ya en 1978, el FBI había planteado a la CIA argumentos y pruebas de su participación en el narcotráfico y que una avioneta de su propiedad había desaparecido con dos tripulantes de origen cubano, mezclados en el tráfico ilícito de drogas. Lo protegieron y desestimaron las evidencias. Cinco años después estableció un negocio de venta de mariscos, que se denunció era una fachada para encubrir la continuidad de su negocio de estupefacientes, vinculado a la mafia.

Asistió a Fort Benning, Georgia, para un curso de adiestramiento militar que compartió con los terroristas Luis Posada Carriles, Jorge Mas Canosa y Félix Rodríguez.
Respecto a este último terrorista que se hacía llamar Félix Ramos, nacido en Cuba en 1941, fue educado por su tío José Antonio Mendigutía Silvera, ministro de Obras Públicas de Fulgencio Batista y uno de sus más cercanos colaboradores.

El «Gato» Félix, como también era conocido entre capos de Miami y agentes de la CIA, antes de salir de Cuba en 1960 había estudiado en la Havana Military Academy; llegó a la Florida, fue reclutado por la agencia y enviado al Canal de Panamá a recibir entrenamiento terrorista. Su primera propuesta fue un plan para asesinar al Comandante en Jefe Fidel Castro y de inmediato se involucró en la infiltración de equipos y explosivos para sabotajes, así como en abastecimientos a la contrarrevolución interna para que apoyara la invasión de Girón. Un mes después de la aplastante derrota se asila en una embajada, desde donde salió para Caracas, Venezuela y luego viaja a EE. UU.

Fue precisamente Félix Rodríguez el agente de la CIA quien a las 10:00 horas del 9 de octubre de 1967 recibió el mensaje cifrado de sus jefes con la orden de asesinar al Che y se encargó de hacerla cumplir pasadas las 13:00 horas de ese día, después de intentar interrogarlo, maltratarlo y decirle que lo iba a matar, una actitud cobarde que repudiaron hasta los propios soldados bolivianos. Narran los investigadores que «el agente de la CIA disparó también sobre el cuerpo del Che».

Con su aval de asesino, lo estimulan con la ciudadanía estadounidense; la CIA lo envió a Perú en 1968 a impartir clases de inteligencia y patrullaje a una unidad de paracaidistas; lo mandan a Vietnam del Sur para torturar e interrogar a prisioneros, y lo condecora la agencia con la «Estrella al valor».
Durante los años 80 lo utilizaron en operaciones y guerras sucias de EE. UU. en Uruguay, Argentina, Brasil, Costa Rica, Honduras, Guatemala, El Salvador, Chile, Nicaragua y aparece involucrado en el escándalo conocido como Irán-Contras, acusado de participar en el tráfico de armas y drogas en contubernio con la CIA y los contras nicaragüenses.

Sus últimas imágenes públicas lo colocan en Ciudad Panamá durante la Cumbre de las Américas, huyendo y metiéndose en un microbús ante la respuesta popular a sus provocaciones junto a otros mafiosos y terroristas.

De acuerdo con las investigaciones de Froilán González y Adys Cupull, el agente de la CIA que decidió cortarle las manos al Che se nombraba Julio Gabriel García García, nacido en La Habana en 1928, un hombre con delirios de grandeza y alucinaciones que trabajó en la policía fascista de Francisco Franco en España y después en la policía secreta de Batista. Fue quien al triunfar la Revolución trasladó parte de los archivos del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC), donde fue instructor, a la embajada de EE. UU. en La Habana para su posterior traslado a ese país.

En Bolivia se instaló en el edificio del Ministerio del Interior y ocupó casi toda el área del tercer piso, y absorbió el Servicio de inteligencia para sus fines. Participó en interrogatorios y tortura de campesinos, líderes sociales y guerrilleros, utilizando la violencia de forma salvaje, incluso lanzó a combatientes de la guerrilla desde un helicóptero.

Por su ensangrentada hoja de servicio también recibió la ciudadanía norteamericana, lo que consideró «el más alto honor» de su vida. Después asesoraría a dictaduras militares en Latinoamérica y terminaría involucrado en un escándalo de narcotráfico al servicio de la mafia de Miami junto con unos guyaneses, que terminó con un registro del FBI en su residencia y una pistola en la boca. El susto le provocó un preinfarto, enfermó y terminaron amputándole las dos piernas.

Villoldo y Rodríguez fueron de los pocos que asistieron al funeral y tuvieron que apoyar a la viuda a pagar los gastos, pues esta se quejaba de que la CIA lo había abandonado y que de nada valieron los 22 años en la agencia.

A 51 años de aquellos hechos, el Che inmortal, latinoamericano y universal ilumina un futuro optimista y rebelde ante las injusticias y crímenes de los mafiosos y agentes de hoy, que –como los de ayer– no tienen otro futuro que el desprecio, la condena y el olvido.


Fuente: granma.cu

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